Mujeres, madres y esposas

En mi entorno, las mujeres somos educadas en el estudio, para conseguir un buen trabajo y un sueldo digno en el futuro. No nos enseñan a ser madres ni esposas. No nos enseñan a respetar al marido, a recibirle con una sonrisa cuando vuelve, como nosotras, cansado del trabajo. No sabemos cocinar y algunas tienen el umbral de suciedad y orden al mismo nivel que el de los hombres. Ya no somos mujeres-mujeres: somos mujeres-hombres. Nos hemos equiparado en derechos y deberes a los hombres y eso nos ha aportado un grado de masculinidad. Creemos, además, que el hombre es igual a la mujer, que piensa y actúa como ella. Y no es así.

Nosotros hemos querido hacer lo mismo que hacían los hombres: aprender un oficio, desarrollar una profesión, tener independencia económica, ser autosuficientes, autónomas. Pero los hijos siguen saliendo de nuestras barrigas. Aunque renunciemos a parte de la baja maternal y no nos cojamos baja médica previa al embarazo, parece que la maternidad sigue siendo una desventaja a la hora de ser contratadas en algunos trabajos. No se nos valora en el mundo laboral, no se nos respeta en casa porque somos las compañeras y amigas que los hombres quieren pero no las esposas que necesitan, y nos creemos unas madres horribles porque nadie nos enseñó a criar a un niño.

foto manos madreSin embargo, si fuimos capaces de estudiar y aprender un oficio, no tenemos más que entender que nos toca aprender otros tantos. Que hay que hacerse cocinera, pues hay tropecientas páginas web con y sin Thermomix. Que hay que cambiar pañales, preparar un biberón, adivinar por qué llora un bebé… Pues se lía una la manta a la cabeza y lo aprende por ensayo y error si es preciso. ¿No lo hace todo el mundo? Pues no vamos a ser nosotras menos capaces. Haremos el máster con el primer hijo y los siguientes encontrarán el camino trazado. Que hay que llegar de trabajar, comer con el niño en brazos, ir al supermercado y a la farmacia, preparar la merienda, limpiar la casa, preparar la comida para el día siguiente, hacer la cena y acostar al niño, pues no se hable más, ¡manos a la obra! ¿Que no puedes descansar, echarte un rato, dormir la siesta? Pues no, no hay tantas horas en todo el día. ¿Que tu marido no te echa una mano? Pues no, no tiene que echártela, nadie dijo que el trabajo de la casa te correspondiera a ti. Pero parece que hay un gen masculino que reprograma a los hombres cuando aparece una mujer a su lado y los inhibe de las tareas domésticas. Importante: no te sobrecargues, porque el sistema se calienta y puede explotar y entonces cobrarás mala fama, que venías defectuosa de fábrica o que pierdes tu valor con los años. La mujer tiene el gen de cuidar. Está en las residencias de ancianos y en los refugios de perros, por eso es posible que no se alcance el fifty-fifty, pero debe intentar no alcanzar sola el 100%.

Como dice mi suegra: “Todo pasa”. Y es verdad. La vida es lo que pasa mientras haces planes. Y como dice mi padre: “Paz y armonía”. Disfruta de tus hijos, saca lo mejor de tu marido y resérvate un ratito a la semana. Tus hijos jamás tuvieron una madre más valiosa. Somos el mejor ejemplo para ellos. Valemos para todo y podemos hacerlo todo, aunque en medio nos volvamos un poco locas.

Rebeca García Agudo

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