La heterosexualidad: ¿un valor a la baja?

besoEn estos tiempos en que prácticas como la poligamia son despreciadas aunque se produzcan bajo consenso o cuando se sigue juzgando el matrimonio entre un septuagenario y una veinteañera, son cada vez más los medios de comunicación que exponen la homosexualidad como una opción de identidad sexual. Incluso se habla de personas heteroflexibles o heterocuriosos, para que no se sientan culpables cuestionándose una posible homosexualidad. Estos conceptos traslucen que se da por hecho que las experiencias sexuales con diferentes personas son tan frecuentes que nos permiten posicionarnos en nuestra actitud frente a ellas. Esto se ha llamado clásicamente promiscuidad. Tan intolerantes pueden parecer los que no la aprueban como los que se admiran de que alguien tenga una única pareja sexual a lo largo de su vida, o ninguna, aunque la moda actual invita a probar cosas nuevas, como aquel que viaja y al volver cuenta orgulloso que ha comido saltamontes, hormigas o gusanos.

El ser humano es biológicamente heterosexual. De manera natural solo puede tener descendencia con una pareja de distinto sexo. La vagina está hecha para recibir al pene. Cualquier asociación que hagamos, bien de pareja o de zonas corporales, incluido el cambio físico de sexo, ya pertenece a la libertad de la que gozamos en determinados países según para qué cosas –para la poligamia no-, pero no obedece al orden biólogico que rige nuestros cuerpos, igual que no estamos diseñados para digerir celulosa. Podríamos hablar de comportamientos sexuales, pero no de identidad sexual, ya que esta nos viene impuesta genéticamente y no podemos modificarla aunque creamos hacerlo de manera externa. Muchas cosas y seres pueden producirnos placer sexual, pero estamos diseñados para darlo y recibirlo con personas de otro género. Las tendencias determinan lo que vamos aceptando como normal. Conforme nos lo presentan los medios el hecho va cobrando categoría de enunciado científico, aunque contradiga las funciones biológicas que rigen nuestro organismo.

En medicina, más importante que la elección de la pareja sexual es el cambio de hábitos sexuales, que ha sido detectado por el aumento del virus del papiloma. Un estudio español publicado en la revista Journal of Virology estimó su prevalencia en el 14%, ascendiendo al 29% en las mujeres entre los 18 y 25 años. El virus del papiloma puede causar cáncer de cuello de útero y el 84% de los virus analizados en este estudio eran genotipos de alto riesgo. Los autores del trabajo atribuyen el aumento de la prevalencia a la disminución de la media de edad de inicio en las relaciones sexuales, de los 22,7 años a los 16,9, y al aumento de la media de parejas sexuales, dado que el porcentaje de mujeres que había tenido 2-4 parejas en su vida era del 16% en las mayores frente al 45% en las jóvenes. De igual manera, la tasa de incidencia anual del cáncer orofaríngeo está siendo del 15%, causado en gran medida por el mismo virus, que se ha situado como el segundo factor de riesgo más importante después del tabaquismo. Pero mejor que volver a los antiguos hábitos es inventar algo que nos permita seguir con los actuales: la vacunación. Los urólogos la están reclamando también para los varones. El 80% de las mujeres tendrá contacto con el virus y el 20% se volverá portadora del mismo, así que nos recomiendan que vacunemos a nuestras hijas, ya que se asume que lo cogerán porque las relaciones múltiples han diseminado el virus de una manera descontrolada, lo que pone en contra que este tipo de prácticas vaya de acuerdo con nuestra especie.

Otra cosa diferente a los hábitos sexuales son los núcleos familiares. Se nos ha abierto tanto la boca hablando del matrimonio gay que hemos olvidado que hay mucha diversidad a la hora de formar una familia. Quién dice que dos personas del mismo o distinto sexo y de la misma o distinta edad no puedan vivir juntas o criar a un niño: dos amigos, una nieta y su abuelo, una hija y su madre o dos hermanas. A veces incluso puede haber más de dos miembros en un núcleo familiar. Pero, como pasa con frecuencia, el sexo es quien delimita las fronteras del bien y del mal. Repasemos las anteriores asociaciones familiares: ¿nos parecería igual de correcto que dos amigos o dos hermanas tuvieran sexo? Se lo parecía a los faraones. Pero no es extraño que una mujer enviude y decida irse a vivir con su hermana para que esta la ayuda a criar a su hijo. Porque al final todo trata de sexo. ¿En qué nos basamos para enunciar lo que está bien y lo que está mal? Lo solemos dejar en manos de gobiernos de derechas o izquierdas, con sus respectivas influencias religiosas o la ausencia de las mismas y con menor peso de científicos y otros grupos sociales. Miles de años llevamos ya en este planeta y aún no nos ponemos de acuerdo en nada. Por tanto, que monógamos y promiscuos no se juzguen de timoratos y pervertidos, sino que el instrumento de la libertad permita que cada uno elija su camino y ninguno imponga el del otro. Muchas cosas van en contra de nuestra naturaleza: vivir en la Antártida, tirarnos en paracaídas, volar en cohete. Al fin y al cabo las relaciones sexuales aún se realizan en el ámbito de la intimidad, así que a todos nos debería dar igual lo que cada uno hiciera en su casa.

Pues resulta que algo nuevo que no nos ha dado por probar todavía, comer gusanos, es hasta bueno, son nutritivos, una fuente inesperada y barata de proteínas. Y aún no se le ha descubierto ningún perjuicio. Pero pocos valientes se atreven a probarlos.

Rebeca García Agudo

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