Una larga espera

La psiquiatra y escritora suizo-estadounidense Elisabeth Kübler Ross (1926-2004), una de las mayores expertas mundiales sobre la muerte, personas moribundas y cuidados paliativos, opina que las personas en fase terminal suelen pasar por cinco etapas emocionales, en orden secuencial: negación, rabia, negociación, depresión y aceptación. El siguiente artículo intenta reflejar los sentimientos de un paciente que espera la muerte, mientras su mente intenta resignarse ante el sufrimiento que esta larga espera implica, el miedo a la pérdida de capacidades, la separación de sus seres queridos y la incertidumbre del más allá.

UNA LARGA ESPERA

árbol muerteTe esperaba tranquilo, resignado, impaciente por conocerte, con los ojos enrojecidos de llanto, en silencio, contraídos los labios. Parecía valiente, pero lo cierto es que estaba asustado. Mi cuerpo, agarrotado por la dura enfermedad, permanecía inmóvil, sosegado de tanto padecer, hastiado de tanta lucha inútil, sin fuerzas, consumido.

Mi mente intentaba retener los recuerdos más gratos, aquellos de la infancia ya lejana cuando brillaba la ilusión en mis ojos, o los más recientes, los que siempre olvidaba. Pero el sopor de la medicación nublaba mis más sutiles pensamientos. Por eso, al regresar a la consciencia, al constatar mi realidad, al recobrarme, la pena me llovía por el alma y me deshacía en mudos sollozos. Tenía mucho camino por andar y a medio hacer el equipaje. Sin saber con el tiempo que contaba, no me quedaba más remedio que encararme con la vida que se me escapaba por las buenas, sin siquiera preguntarme.

Solo, en aquella cama fría de hospital, contemplaba impasible el liso techo cual una blanca estepa inhabitada. Lacerado por un pequeño enjambre de agujas homicidas, menudas y punzantes, mi único pensamiento eras tú, muerte piadosa, que pronto acudirías a buscarme. Y me dolía el corazón al desearte.

Los hilos del pasado surgían enmarañados, flagelando mis sentidos ya dormidos, aplacados, en calma. El presente cruel me anonadaba, me empujaba al vacío, al borde de un abismo sin fondo, a la ausencia de nada. Aterido por un inclemente frío, todos mis días eran monótonos, y las largas noches sumamente tediosas y sombrías. Tristes sábanas de soledad cubrían mi cuerpo e hibernaban mi alma, que vagaba despoblada y gélida descontando las horas de mi supervivencia.

Aunque tú no lo creas, te presentía. Flotaba en el ambiente el aliento dulzón y empalagoso de tu beso fatal, y tu sombra perversa me atenazaba el pecho como una fría losa subyugando mi patética humanidad. No obstante, intenté burlar la realidad con un suspiro, una breve inspiración de exigua vida. Quizás te olvidarías de mí, pensé por un momento. Quizás mi desvarío era un mal sueño, un etéreo espejismo, y, al despertar, tu gris presencia se habría

fundido bajo la luz perseverante de la lámpara que mi duelo alumbraba.

Seguro que no es pecado mantener la esperanza, aunque estaba seguro que mi afán era inútil. Seguro que perseguía una torpe quimera, pero, ¿no es la vida de los hombres sino eterno luchar por lo imposible, por anhelar lo inexistente, por querer alcanzar lo inalcanzable, o morir en pos de un ideal absurdo? Quedando por andar tanto camino y teniendo a medio hacer el equipaje, no me quedaba más remedio que encararme contigo, estafadora, que venías a robarme casi un tercio de mis años por las buenas. Ignoraba si mi destino era otro, y seguía esperando un milagro hasta el final.

Cavilando en esta nueva realidad, comencé a despedirme de mis seres queridos:

Adiós, hijos míos, distintas ramas de mi árbol que miráis horizontes que no alcanzo. Recuerdo ahora, cansado y asustado, vuestras risas de infancia, las gracias, los pequeños caprichos, los abrazos intensos y apretados, los húmedos y tiernos besos en mis mejillas, el alegre trotar de vuestros cuerpos sobre el improvisado caballito de mis piernas jóvenes… Entonces yo llenaba vuestro pequeño mundo, y vosotros adornabais y embellecíais el mío.

Adiós, querida esposa mía. No llegué a precisar si tus ojos eran pardos o marrones, no gocé lo suficiente del contacto de tu cuerpo, ni del inconcreto aroma de tu piel, ni del indescifrable agrado de tus besos. Fue el otoño una estación muy apropiada para gozar tu amor maduro, lo mismo que la primavera o el verano cuando te conocí. Te quise desde el alba apenas vislumbrada hasta la perezosa caída de la tarde. Los años me envejecieron, pero mi pasión no se apagó desde que un día te estacionaste a la puerta entreabierta de mi corazón. Adiós, amor, te veré en otra vida, si es que otra vida hay para encontrarte.

Adiós al norte y al sur, al verde de las montañas, al rojo grana de los atardeceres frente al mar, al infinito azul del cielo y al blanco de la espuma de las olas sobre la playa.

Y, estando en esta dulce calma, advertí que te acercabas implacable, cruel, despiadada, sin concederme siquiera el privilegio de esconderme. Realmente no percibí tu aliento, pero te presentí. Al tiempo de un respingo, tu sombra se acercó y me cubriste con tus negras alas. Al percibir el roce de tus garras en mi cuerpo exánime y agónico, sentí un funesto escalofrío y emití un débil reproche. ¿Ya estás aquí, timadora?

Un nudo en la garganta me estranguló. Se me nubló la vista hasta cegarme. Se hizo el silencio. Todo negro en torno a mí. Un

desierto de infinita nada, duro páramo, viento frío, olas gigantes, cuchillos de doble filo para el cuerpo y para el alma. Grité sin voz: Dios del Cielo, ¿ni un atisbo de esperanza? Era el fin… Los latidos se agolparon en tropel en mi débil corazón y, en un frenético impulso, mi osamenta se contrajo, mi mente se enajenó. Se escapó de mi garganta un grito que nadie oyó clamando a la aciaga vida que partía de mi lado. Sin fuerzas, sin resistirme, totalmente resignado, en tus brazos me dormí, dejándome arrebatar por la paz de tu letargo. Tu mar de agitadas aguas me llevó lejos, muy lejos, prisionero de tu hechizo, conquistado por tu fuerza. Fui dejando atrás la tierra, mientras tu dulce veneno me penetró los sentidos y me dejó el alma muerta. En unos breves segundos mis recuerdos se borraron y, esbozando una sonrisa, se dibujaron mis labios. Mi cuerpo ya no era nada: solo lastre abandonado.

En la quietud hospitalaria, a las once menos cuarto, alcancé la eternidad, dejando dolor y llanto. Los gemidos de aflicción de mi esposa enamorada me llegaron muy lejanos. ¡Qué aflicción, qué desespero, qué pena…, cuánto quebranto!

¡Qué fugaz es la existencia! ¡Maldita seas, insensata, que me robaste la vida cuando más la deseaba!

Pedro García Martos

1 Comment

  1. Me has hecho llorar. Cuanto realidad y que rabia cuando llegas a la calma a la serenidad al amor maduro a la merecida recompensa paf te evaporar al veces pienso si es justo

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