Perlas del colonialismo español

¿Qué pensaban los españoles sobre los nativos de los países que colonizaban? ¿Fuimos diferentes al hombre blanco que echó de sus tierras a los indios americanos?

Poco o nada oigo hablar en la calle sobre las colonias que un día España albergó. Los niños pasan por colegios e institutos sin hacer preguntas sobre ello. Ha quedado tan en el olvido que la sociedad española a duras penas recuerda alguna de las ciudades y países en los que, hace tan solo unas cuentas décadas, miles de españoles nacieron, crecieron y vivieron, considerando aquellas tierras su hogar. Lo curioso es que muchos de ellos siguen allí: hijos de militares, diplomáticos o empresarios conviven en paz entremezclados con los nativos que nunca tuvieron otro país, pero que vieron pasar por el suyo a diferentes naciones. Otros españoles han dejado su huella con su apellido, el nombre de una compañía de autobuses o de una marca de café.

Es el caso de Marruecos, país al que casi ningún español considera cercano ni hermano. El norte marroquí se repartió entre Francia y España tras la Conferencia Internacional de Algeciras en 1906. El Protectorado Español fijó su capital en Tetuán, modificó la arquitectura de la ciudad para siempre e invirtió en el país para aumentar la economía de España, cinco siglos después de que ya lo hiciera Isabel la Católica en otras tierras.

A través de la investigación realizada para un proyecto novelístico, he descubierto decenas de documentos cuya lectura no ha podido dejarme indiferente. Conocer la historia y estudiarla a fondo son cosas distintas. Los recursos de la época limitan nuestro acercamiento a las personas y hechos que allí tuvieron lugar, pero la palabra escrita nos ayuda a configurar la mentalidad de los protagonistas de la historia de nuestro país.

He aquí fragmentos de uno de los libros de Emilio Blanco de Izaga, capitán de la Delegación de Asuntos Indígenas en Tetuán, que vivió en el Rif desde 1927 a 1945. Tenía mucha curiosidad por desgranar sus escritos, que otros estudiosos destacan como una herramienta etnográfica y sociológica. Sus descripciones y dibujos son sin duda una sorprendente y valiosa fuente documental del Rif de entonces, más aún si se tiene en cuenta que se realiza desde una peculiar perspectiva.

Sin embargo, varios puntos en los escritos de Blanco de Izaga son extremadamente llamativos para las mentes de hoy en día, como el tildar al colonialismo de acción humanitaria española, fuente de un entrenamiento militar necesario para semejante misión, lo que nos debe recordar que ningún ser humano está libre de dominar y someter a otro, por mucho que pasen los años. En la lectura son continuos los términos despectivos, refiriéndose a los rifeños como rudos montañeses que imitan a alimañas y que se conforman con esto o aquello dado que están acostumbrados a vivir cual bestias. Supongo que lo mismo pensaron los colombinos de los mayas, los turistas de los masai o los alemanes de los inmigrantes españoles.

palacio-mechuar
En el mechuar, palacio del jalifa en Tetuán, autoridades españolas y marroquíes (1949).

Evoco entonces las batallas entre españoles y rifeños y la resistencia del líder Abdelkrim Khattabi, que defendía la tierra y la cultura de su pueblo, con orgullo de raza y origen. Cuando me encuentro cara a cara con sus descendientes, me pongo en su lugar y se me hace difícil pensar que, al mirarme a los ojos, solo ven a una extranjera, sin recordar que provengo de aquellos que un día quisieron invadirlos y dominarles porque se creyeron con derecho a ello, porque se sintieron superiores en fuerza e intelecto. Los rifeños han olvidado y han perdonado.

Estos indígenas se ven obligados por la necesidad a improvisar con los medios naturales a su alcance y siguiendo su corto ingenio, un corto refugio donde guarecerse en los días crudos y conservar sus escasos bienes, la desmedrada vaca y ateridas cabras, con algunas latas de cebada, famélica mujer, esqueléticos niños y sarnoso perro. 

… formando el íntimo ambiente, aislado del exterior, donde el feliz yeblí (montañés) sueña y reposa más que piensa y trabaja… […] adosando nuevas habitaciones a las ya construidas, mientras los temporales y más frecuentemente la desidia y mala administración, van derribando lo primitivo…

[…] en verdaderos lugares de reposo, encanto del espíritu, regalo de los ojos, donde las más bellas, blancas y limpias doncellas se honran ofrendando su virginidad a estos despiertos creyentes, que en sus blancos albornoces ocultan su obscuro rostro y pasiones violentas al discurrir bajo la sombra de almendros […] hasta que el buen y único Dios quiera llamarles a sí para seguir gozando, pues de los sudores terrenales solo saben sus pobres devotos siervos y los europeos de civilizaciones trepidantes.

[…] nuestros actuales rifeños, tan próximos a la edad de la piedra y el barro, recientemente ingresados en la del clavo […], teniendo en cuenta el celo que ponen en la conservación de sus más irracionales y primitivas costumbres.

Este ejercicio (la albañilería), practicado por necesidad, escasas luces y menos elementos entre estas gentes máximas desperdiciadoras del esfuerzo humano […] 

Así tienen de simplificada su vida, que les permite con un esfuerzo íntimo atender a sus instintos animales.

La trabazón de las piedras entre sí es concepto superior a las posibilidades del cerebro “bañil” (albañil, referente al rifeño que se dedica a la albañilería).

Aun los sufrimientos de nuestros mártires y estatuas yacentes u orantes parece superarles los que cualquier vieja de estas, símbolo de todos los sufrimientos y tragedias, especialmente el hambre, refleja en su innoble cara.

Rebeca García Agudo

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